Y es preciso señalar que no es una tesis: es una creencia base. Cuando aquel zorzal emprende vuelo, habrá algunas turbulencias en el camino que, motivadas por la temperatura del aire, lo obligarán a modificar su rumbo. No por error, no por debilidad, sino porque el entorno también habla y hay que saber escucharlo.
¿Qué hacer entonces? Reorientar la mirada. Bajar la ansiedad de llegar a punto, soltar la urgencia de cumplir con una meta que quizás ya no es la correcta, aunque alguna vez lo haya sido.
Quizás cambió la motivación y ya no hay que volar. Tal vez sea tiempo de detenerse en aquella rama que también se mece, observar el paisaje con otros ojos y recordar que en otoño se debe dirigir hacia el norte. Aún no es primavera, y no todo impulso es señal de partida.
Cambian los motivos porque hay que hacer el trabajo en serio. Escuchar el cuerpo, leer las señales, aceptar el cansancio y la pausa como parte del trayecto. No existe el refugio como tal: constrúyelo, con paciencia, con conciencia, con la humildad de saber que nada es definitivo, pero todo enseña.
