Estero Upeo, Monte Oscuro — Enero 2026.
Una escena bien simple y feliz me ocurrió en el contexto del campamento de verano de mi Grupo Guías y Scouts Hangaroa de Molina.
Los niños bañándose en el río, gritando, tirándose agua, inventando juegos.
Los adultos a la orilla conversando, comiendo melón y sandía, entrando y saliendo del agua, riéndonos de cualquier cosa. Ese típico rato muerto del campamento donde nadie dirige nada y, justamente por eso, todo fluye.
Yo estaba ahí, metido en el agua con los demás, participando como siempre.
Y en algún momento, sin razón clara, me desconecté. Fue raro. Como si todo siguiera pasando, pero yo quedara un paso atrás.
Miraba alrededor: movimiento, risas, voces. Pero por dentro había silencio. Un silencio espeso. Como si estuviera mirando la escena desde fuera. De pronto me sentí solo dentro del río.
No solo físicamente solo. Solo en otro sentido. Como si no perteneciera del todo a ese momento.
Empezaron a aparecer preguntas incómodas:
¿qué hago aquí?, ¿por qué estoy acá?, ¿de verdad este es mi lugar?
Pensé en las decisiones que he tomado, en los caminos que elegí, y se me cruzó la idea de que quizás mi vida, en otra versión, podría haber sido distinta. Como si hubiera llegado a este punto por una suma de casualidades más que por convicción.
Incluso vi a mi hija jugando cerca, riéndose con otros niños. Y eso me chocó.
Porque todo estaba bien. Objetivamente bien. Un buen momento, de esos que uno después recuerda con cariño. Y aun así, yo me sentía fuera de sintonía. Había ruido, pero yo no escuchaba nada.
Salí un momento y me acerqué a L.
Le dije: —Oye, solo quiero decirte algo. ¿Conoces la palabra congoja?
Me dijo que sí.
Me presioné la nariz con el dedo índice y apoyé el pulgar y el medio en los lagrimales, ese gesto automático cuando uno siente que las lágrimas están por salir.
—Eso estoy sintiendo ahora. Congoja. No estoy mal ni triste, pero la estoy sintiendo.
No necesitaba consejo. Solo decirlo en voz alta.
Después me quedé pensando algo bien simple: el campamento está pasando ahora. Cuando termine, voy a querer haber estado más presente. Si me quedo atrapado en esta sensación rara, me voy a perder momentos que después voy a echar de menos.
Así que decidí volver. Escuchar el agua. Escuchar las voces. Meterme de nuevo.
Vi a mi compañera G en una ronda que se estaba armando y le dije: —Dame un espacio, yo quiero jugar también.
Me respondió: —Métete, pues.
Se corrió un poco, me hizo espacio y me sumé.
Empezamos a jugar “Nunca, nunca”. Ese juego simple, medio infantil, medio confesional, donde uno termina riéndose de puras tonteras. Y de a poco volví a enganchar. A escuchar. A mirar a los demás a los ojos. A estar ahí de verdad. Primero medio forzado. Después natural.
La sensación no desapareció del todo, pero se hizo más chica. Quedó como una especie de eco.
Más tarde pensé que tal vez no era tristeza. Era conciencia.
Ese momento incómodo en que uno se mira desde fuera y se pregunta si está viviendo en piloto automático o realmente eligiendo dónde estar. Y lo curioso es que esa misma duda fue la que me hizo quedarme.
Porque, al final, sí quería estar ahí. Con mi hija. Con la manada. Con el río. Con ese caos simple y bonito que tienen los campamentos.
A veces no se trata de sentirse pleno todo el tiempo. A veces se trata solo de decidir participar, incluso cuando por dentro uno anda un poco perdido.
Ese día el río siguió corriendo como siempre.
Y yo decidí correr con él.
