PRÓLOGO
Hace veinte años, después de pasar un fin de semana con personas a las que quería mucho, me subí a un bus de regreso a Curicó y me puse a llorar. Me cubrí la cara con una toalla para que nadie me viera. Durante mucho tiempo pensé que lloraba porque quería quedarme. Hoy creo que lloraba porque había descubierto algo más difícil de explicar: que existen personas y lugares donde, por un instante, uno deja de sentir que le falta algo.
—
Hay personas con las que uno no quiere construir una vida, pero con las que, aun así, siente que la vida está completa mientras está con ellas.
No hablo de querer irse a vivir juntos, ni de formar una familia, ni de compartir un proyecto futuro. De hecho, a veces uno tiene bastante claro que su camino va por otro lado. Pero ocurre algo difícil de explicar: cuando está con esa persona, deja de sentir esa necesidad permanente de estar buscando algo más.
Y creo que eso no es exclusivo del amor romántico. Puede pasar con una amistad profunda, con un vínculo familiar, con alguien a quien uno admira o simplemente con una persona que ocupa un lugar especial en la propia historia.
Quizás por eso hay relaciones que cuesta tanto definir. No porque sean confusas, sino porque no encajan del todo en las categorías que normalmente usamos. Uno sabe que no es una amistad cualquiera, pero tampoco necesariamente un proyecto de vida. Es algo que tiene sentido por sí mismo, aunque cueste ponerlo en palabras.
Tal vez la gracia de algunos vínculos está precisamente ahí: no nos exigen dejar de ser quienes somos, ni renunciar a nuestros proyectos o a la vida que queremos construir. Solo nos permiten, por un momento, dejar de buscar.
Nos enseñaron que las relaciones importantes tienen que tener un nombre, un propósito o un destino. Pero con el tiempo he pensado que hay personas cuya importancia no depende de lo que llegarán a ser para nosotros, sino de lo que somos capaces de sentir cuando estamos con ellas.
No se trata de un amor frustrado ni de una historia inconclusa. Tampoco de un vínculo que necesite transformarse en algo distinto para justificarse. Se trata, simplemente, de reconocer que existen personas cuya presencia nos hace experimentar una sensación poco frecuente: la de estar exactamente donde uno quiere estar.
Porque no todas las personas importantes de nuestra vida tienen que convertirse en nuestra pareja para justificar la intensidad con la que las vivimos.
Algunas personas, aunque sea por unos días, nos recuerdan cómo se siente vivir sin la sensación de que nos falta algo.
