Hoy recién todo comienza.

En el marco de la segunda vuelta presidencial de 2017, cuando Sebastián Piñera se impuso sobre Alejandro Guillier, el país volvió a dividirse entre lecturas rápidas de triunfo y derrota. Para muchos fue un cierre; para otros, una señal de alerta o de reordenamiento. Más allá del resultado electoral, quedó instalada una sensación colectiva de evaluación, de balance y de pregunta abierta sobre el rol que cada cual debía asumir de aquí en adelante.

Por otro lado, habemos un grupo bien grande que seguimos un trabajo realizado por convicción. Nuestras cartas no ganaron, pero al menos estuvimos.

Que pierda Guillier y su gente no significa que perdimos quienes no nos habíamos cuadrado antes con ese sector político, pero que sí decidimos dar el voto en segunda vuelta. De antemano sabíamos la calidad de uno y del otro; al menos, era el más cercano al trabajo y al pensamiento que tengo.

Lo entretenido de esto es leer, reflexionar y esbozar un trabajo de oposición y de nueva propuesta que, como izquierda, debe darse en cada bando. No desde la rabia, sino desde la construcción, desde la autocrítica y la responsabilidad de no soltar el tejido social que tanto costó levantar.

Perder no es solo un resultado. Perder es dejar de sentir la adrenalina por lo social, no vibrar cuando ves que las personas son cada día más libres, ser envidioso cuando otro logra cambiar la realidad que lo afecta. Perder es dejar de ser uno mismo por el “qué dirá” la gente de tu sector. Perder es simplemente sentir que desde hoy no hay nada más que hacer.

Y eso no es opción.

Hoy recién todo comienza.

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