Él. Aprendiendo a vivir sin entender todo.

Hay personas que se mueven por el mundo de una forma distinta. No siempre siguen el ritmo apurado de los demás. Él es una de ellas.
Por fuera parece inquieto. Cambia de foco, se levanta, camina, vuelve, empieza algo nuevo. Su atención salta de un detalle a otro como si quisiera mirarlo todo. Algunos lo llaman disperso. Él, en cambio, simplemente siente que su mente está siempre en movimiento, curiosa, despierta, tomando pequeñas cosas que otros ni notan.
Y al mismo tiempo, observa.
Se queda mirando gestos, silencios, palabras que no se dicen completas. Intenta comprender lo que pasa entre las personas, pero sabe que el mundo está lleno de códigos sutiles y mensajes invisibles que no siempre se captan a la primera. Así que prefiere ir con calma. Mirar dos veces. Pensar antes de hablar.
No es duda ni miedo: es cuidado.
Le importa no herir, no invadir, no romper algo frágil por apresurarse. Por eso muchas veces espera el momento justo para decir lo que piensa. Su forma de estar con otros es más atenta que impulsiva.
Conserva, además, algo que el tiempo no le quitó: una sensibilidad intacta. Se ilusiona fácil, disfruta las cosas simples, se conecta con la gente desde un lugar genuino. Tiene una cercanía natural, una calidez que no necesita explicarse.
Escribe cuando quiere entenderse mejor. Toma la bicicleta y pedalea largo para ordenar la cabeza. Puede pasar horas conversando o escuchando. Juega sin sentir vergüenza, enseña, ríe, acompaña. En esos momentos todo se siente liviano y verdadero.
A veces toma su cámara o un cuaderno con lápiz y sale sin rumbo. Recorre calles, plazas, caminos. Se detiene, encuadra una imagen, anota una idea. Guarda fragmentos del mundo como quien junta pequeñas piezas de un rompecabezas. Es su manera de mirar la vida con atención, de dialogar con ella, de intentar comprender lo que siente por dentro.
Sabe que nunca va a comprenderlo todo. Y ya no intenta hacerlo.
Ha aprendido algo más simple: vivir con respeto, avanzar a su propio ritmo y cuidar esa forma suya de sentir, pensar y estar presente.
Quizás quien lo mire desde fuera esté de acuerdo o no con esta descripción. Tal vez cada persona vea algo distinto. Al final, nadie conoce a otro por completo. Cada cual alcanza a ver solo lo que se atreve a conocer, a comprender y a acompañar. Y él, como todos, existe también en ese espacio compartido entre lo que es y lo que los demás logran descubrir.
Mientras muchos corren sin mirar, él mira incluso cuando camina rápido.
Y así, a su manera, sigue aprendiendo a vivir sin entenderlo todo.

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